sábado, 27 de junio de 2020

Y así pasan las cosas.

¡Qué vida de perros!
No se cumplían todavía más de quince días del comienzo del otoño en la pampa húmeda. Ese otoño tan marcado con el rocío fuerte que humedece el pasto y deja la huella impregnada cuando caminas sobre él. Muchas hojas lo vestían ya y, aunque se espera de ellas que hagan ruido o crepitar al caminar, quizás el mismo rocío que las impregnaba, evitaba el crujir constante al caminar.
Me retiran del hogar y vamos a una nueva aventura. Algunas veces nos encontramos en aventuras sin proponérnoslo, de repente estamos frente a frente, pero otras uno elige aventurarse y tiene más o menos claro qué hacer. Y de alguna manera, fue mía la decisión de encarar esa aventura que, con el correr del tiempo, pudo llevarme puesto o meterme en una espiral centrípeta que, de cierto modo y de forma quizás inconsciente, evitaba expulsarme. 
Era tímido como todo cachorro. Ahí iba, sentado en el asiento de atrás. Los que me llevaban hablaban del camino, de su estado. Que había llovido hacía poco y que el –para algunos “maldito” y para otros “bendito”- camión de la leche había roto el camino de tierra. Del todo no los escuchaba, le iba prestando atención al trayecto, desconocido para mí. 
Nuevos caminos para ir y volver, y nuevos caminos para trabajar. Qué raros son. Te llevan, te traen, te dejan. Por ellos pasa la vida, el trabajo, la alegría, la tristeza, la muerte. Los caminos recorren la zona y, como el sistema nervioso central, siempre convergen en el órgano más importante. Van a ciudades y pueblos importantes.
Con el tiempo, ya no sólo conocería el camino al lugar de trabajo, sino al resto, como una maldita y caprichosa telaraña que atrapa al insecto y, poco a poco, lo deja fagocitar por el arácnido. Por momentos, a lo largo de la vida, me sentí como el insecto, y por otros, como la araña. Sin embargo, soy un perro. De esos de la calle, sin raza definida. Más bien feo, pero que no desentona en la jauría. Fiel a lo que cree, aunque no le crean. Y tal vez por ser cachorro joven, o porque simplemente era hora de hacer algo por mí y los demás, tenía ganas de trabajar. 
En un pozo de los huellones que deja el camión me desacomodo, me golpeo la cabeza con el marco de la puerta, me miran los de adelante y preguntan si estoy bien. Respondo que sí, aunque en realidad estaba un poco descompuesto. Había salido a la mañana y con el estómago medio vacío. El camino ya me parecía interminable, no importaba saber que no eran más de 25 kilómetros, era la lejanía de lo desconocido, la incertidumbre, la sorpresa.
Estamos llegando y el corazón se me dispara. Debe ser la adrenalina. Cuántas veces la sentimos por cualquier cosa. ¿Qué la dispara? La alegría, el miedo, la presión de lo desconocido, incontables los factores que hacen a esta hormona viajar por la sangre. Si me hubiesen visto: las pupilas y los vasos sanguíneos dilatados y un jadeo que me recordaba la condición de perro. 
Es ahí. Es ese el lugar para trabajar, o para comenzar la aventura. Las tranqueras estaban abiertas, siempre abiertas. Una buena señal de bienvenida. Los que iban adelante ahora están a mi costado. Me siento protegido, guiado, acompañado y contenido. Todas esas sensaciones duraron mucho tiempo, pero, como los ciclos, terminan. 
El frío me pega en la cara y me hace cerrar un poco los ojos. Se ponen vidriosos. No, no son lágrimas de emoción, es una defensa para proteger la vista. Las hojas no crujen cuando las piso, se me pegan mientras camino. 
Entramos. No cualquier perro entra a un hogar. Es un lugar que se tiene que ganar y cuyos anfitriones tienen que permitir que ocupes. Me presentan, miro. No había muchos adultos ni muchos chicos, pero se respiraba confianza, cordialidad, compañerismo y respeto. Estaba por empezar la aventura. Mi aventura. 
No había muchos cachorros como yo, pero con el tiempo fueron apareciendo. Aunque por la edad no desentonaba del grupo de adultos, se notaba –hacían notar- los rangos, las escalas jerárquicas y, consecuentemente, de poder decisión. Había acciones y se debían cumplir. 
De repente pasé a tener en la manada más de un jefe, claro, siguiendo la vía de jerarquía. Me era un mundo desconocido aunque entre los que ya estaban se manejaba un clima de amistad. Veía a todos con un compromiso, casi excesivo y exclusivo, para con la causa. 
Tardé en adaptarme al sistema, pero una vez que lo hice me sentí a gusto. La sensación era rara, de repente era yo el que marcaba la jerarquía pero aquellos a los que tenía que comandar no eran mucho más chicos que yo. Igual el clima de trabajo era bueno. 
Siempre le fui un perro fiel al trabajo. De hecho, había apostado a tener uno sólo para tomarlo con todo el compromiso y responsabilidad. Con el diario del lunes, sé que no volvería a hacerlo. Es que el tiempo demuestra que el trabajo es sólo eso, que no vale la pena dejar de vivir para vivir del trabajo. Te permite cubrir necesidades, mejorar, pero entendí que no podía perder la vida, desgastarme, pelearme y envejecer haciéndolo sin disfrutar de todo el resto de las cosas. Cuando veo a aquellos para los que su vida es su trabajo, realmente siento pena. No quiere decir que haya que ser irresponsable, para nada. Se toma un compromiso y se lo cumple. A la vez, siempre admiré a los que separaron bien el trabajo de los placeres de la vida y los disfrutaron a más no poder. 
Por esos tiempos mi timidez era marcada, notoria. Pero el lugar me era cómodo, todavía mi zona de confort. 
Para esa altura había tenido a mi primera cachorrita, hermosa. Años más tarde, nació mi segundo cachorro, también hermoso. Habían pasado más de dos años y todo seguía igual. Bah, yo era el de siempre, pero mi lugar de trabajo no. De a poco se veían las guerras internas por los lugares de poder. Estos se proponían, imponían, o se lograban por derrocamiento. Es esa la palabra justa para las muchas veces en que pasaba, sin mediar negociación o acuerdo. Se los invitaba a dejar el lugar. Así vi caer a muchos compañeros, por traiciones o por pacto de hacerle imposible la vida a alguien. Siempre estuve atrás de esa escena, siempre la miré y callé. Puede haberme hecho eso cómplice, aunque no haya sido de forma voluntaria. 
Para el de afuera, la vida seguía siendo ejemplar. Éramos referencia en todo. Se hablaba bien de nosotros y no había quejas. La ropa sucia se lavaba siempre dentro de casa. Y los logros seguían viniendo. 
Yo ya no era el cachorro confiado del principio de la aventura. Me habían pegado feo, me habían ninguneado y lastimado. Y me convertí en un perro adulto. También aprendí a defenderme, a atacar para no ser atacado. Debería considerarse legítima defensa. No hay mejor defensa que un buen ataque, al menos así lo dicen en las guerras
Miro la línea de tiempo y se acerca el momento de dejar ese grupo. Pasé por todos los estratos: del trabajo de trincheras, a la dirigencia, pasando por las bases y por la necesidad de pelear con lo básico y cotidiano. El lugar “de destino”, o el trayecto final –temporario, por cierto- es lindo, pero no aconsejo permanecer mucho tiempo ahí. El desgaste y la presión se acumulan. Si se toma con responsabilidad, te rompe la cabeza. Pero esos cargos son así: o los tomas como son, o los dejas. A modo de chisme: siempre la pasé mejor en la trinchera, con los demás perros y cachorros, que en el grupo de machos alfa de la jauría. 
Y así fue pasando el tiempo. Mucho, parece, si vuelvo a mirar la línea. Llegó el día de irme y es con una mezcla de sentimientos. Los malos momentos duran años pero se esfuman ahora con una carga enorme de afecto y demostraciones de cariño que no pensé recibir. 
Llevo 10 meses, seis días y, en este preciso momento, siete horas y media de haberlo dejado. Me gustaría haber parido para saber si es este el sentimiento, pero soy perro. Los machos no parimos. Un sistema nos mostró, desde chicos, que todo “termina” de alguna manera en esta etapa de la vida. Siempre escuché hablar de los jubilados como ese grupo de la sociedad que ya no le sirven al Estado, que son un amuleto de cariño y atención –hasta tensión- para las familias. Siempre me los imaginé con canas, capaz hasta sosteniendo un bastón, y la espalda un poco doblada. Pero desplegar el papel para volver a mirar la línea de tiempo me demuestra que esta es recién la mitad. Que no tengo la espalda doblada, ni uso bastón, y canas todavía asoman pocas. Que no es por ser un afortunado de la genética. Que sirvo, al Estado, a la gente, a mí mismo, a mi familia y a mi pueblo. Que le sirvo a ese camino que ahora recorro de otra manera, con otra frecuencia. Que le sirvo a mi yo, abandonado a veces por ese trabajo que, afortunadamente, jamás me consumió la vida. Que tengo otra mitad. Que queda. Que hay tantos desafíos en el mundo como segundos para imaginarlos. Y si me quedan millones y millones de segundos, los millones y millones que pasé ahí dentro me sirven para pensar millones y millones de desafíos.